RECONFIGURACIÓN INFORMATIVA
La televisión, ese pilar informativo que durante décadas definió la rutina diaria de millones de hogares, ha comenzado a ceder su primacía en Argentina. Un estudio reciente subraya una tendencia irreversible: la pantalla chica ya no es la principal fuente a la que recurren los ciudadanos para informarse. Este cambio de paradigma marca un hito en la forma en que la sociedad se conecta con los acontecimientos, con una clara migración hacia el ecosistema digital.
Los datos son contundentes: seis de cada diez argentinos eligen hoy plataformas online para consumir noticias. Esta reorientación profunda implica que sitios web de medios, redes sociales y aplicaciones de mensajería instantánea han tomado la delantera, ofreciendo una inmediatez y una interactividad que los formatos tradicionales luchan por igualar. La capacidad de acceder a la información en cualquier momento y lugar, desde dispositivos móviles, ha sido un factor determinante en esta transformación.
Este fenómeno no es homogéneo y presenta matices generacionales significativos. Mientras que las audiencias más jóvenes prácticamente han abandonado la televisión como referencia noticiosa, las franjas etarias mayores, aunque con menor intensidad, también muestran una adaptación gradual a los nuevos canales. La personalización del consumo, la diversidad de voces y la posibilidad de interactuar con el contenido son atractivos irrenunciables para una ciudadanía cada vez más activa en la construcción de su propia agenda informativa.
Para los medios de comunicación tradicionales, esta evolución representa un doble desafío. Por un lado, la necesidad de adaptarse velozmente a las dinámicas del entorno digital, invirtiendo en plataformas robustas y estrategias de contenido multiplataforma. Por otro, mantener la credibilidad y la rigurosidad periodística en un espacio donde la velocidad a menudo prevalece sobre la verificación. La supervivencia y relevancia de la prensa, la radio y la televisión dependen cada vez más de su capacidad para innovar y redefinir su propuesta de valor en el ámbito online.
Sin embargo, la hegemonía digital también trae consigo complejidades. La proliferación de fuentes y la facilidad con la que se difunden noticias no verificadas o directamente falsas representan un riesgo latente para la calidad del debate público. El fenómeno de la desinformación exige una mayor alfabetización mediática por parte de los usuarios y un compromiso reforzado de los periodistas con la ética y la verificación de los hechos. La curaduría de la información se vuelve una tarea esencial en un mar de datos.
En este escenario de constante cambio, el periodismo profesional adquiere una importancia crítica. Lejos de suponer una “muerte” de la información, el desplazamiento de la televisión es un catalizador para repensar sus formatos y canales. La demanda de análisis profundo, contexto y verificación sigue siendo una necesidad insatisfecha en la vorágine digital. Los medios que logren combinar la agilidad tecnológica con la excelencia editorial serán los que mejor se posicionen en la preferencia de una audiencia cada vez más exigente y fragmentada.







